El descenso es un deporte peligroso. Calculamos cada detalle para alcanzar nuestros límites sin traspasarlos. Pero nuestra mentalidad y nuestra forma física son los dos parámetros que se interponen en la ecuación. Porque somos diferentes personas cada día, diferentes a como éramos ayer y diferentes a como seremos mañana, el riesgo que estamos tomando es parte del juego.
Viernes por la mañana, un hermoso amanecer brilla entre los olivos en el sur de Francia. La lluvia del día anterior exalta todos los colores de la naturaleza. Tenemos 4 días antes de partir hacia la primera Copa del Mundo en Maribor, Slovenia. Estoy saliendo de una semana de descanso para estar con plena energía, y voy a hacer unas bajadas por diversión con Aurélien y Paul en un circuito de Sospel que me encanta. Alta velocidad, rocas, baches y un buen grip. Hacemos un par de bajadas y en la sexta, paro delante de Aurélien para explicarle algo acerca del flow de la siguiente sección de la bajada. Le dije: "El grip es excelente, podemos frenar tarde y utilizar la gravedad para acelerar la bici fuera de la curva"... Recuerdo unas cuantas curvas más y entonces todo se volvió negro...
Estoy en una habitación muy iluminada, mucho ruido, mucha gente hablando a la vez. Realmente no puedo reconocer a nadie hasta que veo a mi madre y viene hacia mí. Parece cansada y conmocionada. Sólo dije unas pocas palabras para que supiera que todo estaba bien. Traté de moverme y no podía. Mi pierna estaba hinchada y amoratada, sentía la cabeza realmente pesada y estaba tan mareado que sentía como si me hubiera atropellado un camión. Las siguientes caras que vi fueron las de Aurélien y de Paul. Paul, quien normalmente no es muy expresivo, tenía cara de sincera preocupación. En ambos rostros podía intuir que algo terrible había pasado.
Pude ver a un médico inclinándose hacia mí y describiéndome lo que había ocurrido y lo que iba a ocurrir: "Fabien, te has roto el fémur, necesitas cirugía para fijarlo" y entonces, todo se volvió negro de nuevo. La luz volvió a mis ojos y vi a mis padres sentados frente a mi cama. Se levantaron inmediatamente y se acercaron a mí. Me contaron la historia completa... estuve 15 minutos noqueado, los medicamentos que me dieron para paliar el dolor, el helicóptero que me llevó al hospital, y finalmente la operación.
Ahora estoy delante de mi ordenador en mi sofá con un clavo de titanio de 40cm atornillado a la pierna y con la muñeca rota. Mis sueños, trabajo duro y la dura preparación de los últimos 6 meses han volado en menos de 5 segundos. Mi primera reacción y la más natural fue: ¿PORQUÉ? Tanto esfuerzo destrozado, me sentía tan bien y ahora se ha acabado... es fácil pensar que la vida es terrible pero hay que ser realista, debes preguntarte esto: ¿Cuántas veces hemos jugado y hemos ganado? Yo no tengo derecho a quejarme.
Una de las principales reglas de nuestro deporte es que podemos caer en cualquier momento, ¡y nos sorprendería ver cuántas veces llegamos al final sin sufrir ningún accidente! Disfruto cada vez que cruzo la línea de meta como una victoria. Esta adrenalina, la cabeza ardiendo a 50km por hora bajando por la montaña me llena de felicidad... ¡Y caer es parte del juego!
Por supuesto, es un mal momento, pero me levantaré, caminaré hacia delante, mis ojos mirarán hacia nuevas metas. ¿Por qué habría de hacerlo después de tantas lesiones y problemas?: ¡Porque, amo este deporte!
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